Nuestro instinto de naturalista se alimentaba de esa manera, emulando a Gerald Durrell tal como nos cuenta en Mi familia y otros animales o en Bichos y demás parientes, aunque, por aquél entonces, la mayoría de nosotros desconocíamos a Gerald Durrell.
Nos criamos con Félix Rodríguez de la Fuente y su El hombre y la tierra.
Han pasado los años y, para muchos de nosotros, sigue siendo una irresistible tentación el encerrar un bicho en un bote. Hemos cambiado los tarros de cristal por los de plástico, más manejables, menos pesados y habitualmente de contenido previo más apetitoso, pero seguimos cediendo a la tentación.
Si bien es cierto que, a diferencia de antaño, el encierro es provisional para una observación concreta o una sesión fotográfica. Antes el bicho solía acabar estirando la pata en su encierro indefinido, asfixiado o muerto de inanición, y ahora, generalmente, no. De alguna manera, seguimos cediendo a esa irresistible tentación, pero hemos abolido la cadena perpetua y la hemos limitado a una prisión preventiva.